domingo, 9 de enero de 2011

NIÑOS MALCRIADOS

Niños malcriados: la disciplina y sus efectos…

La nuestra, no es la única de las especies que usa la enseñanza para asistir a sus retoños a adaptar a las demandas de la vida tribal o en sociedad.
Es necesario que entendamos que la tarea de socializar a los niños es esencial para su adaptación y supervivencia, y que ésta, de antaño una actividad de familia y de vecinos, hoy se comparte con personas extrañas como son profesores, criadas e instructores.
Los jóvenes aprenden las reglas de la comunidad donde viven por medio de observar el ejemplo de sus mayores y asimismo, por medio de la labor reguladora que los últimos ejercen con firmeza y ternura.
Pero, en ese aspecto, singularmente pedagógico y social, no estamos solos ni somos especiales. Otros animales lo practican y son exitosos en sus esfuerzos.
Y, como aprendiéramos de Lorenz, mucho podemos derivar si nos dejamos guiar por las observaciones que hacemos y por los ejemplos que ganamos de otros vertebrados, aun de aquéllos cuya relación genética con nosotros puede que sea remota.
Por ejemplo, en los años finales del siglo pasado, la población africana de los rinocerontes blancos estaba siendo decimada por actos de violencia.
¿Dónde? Esperen…
Lo sorprendente, en este caso, sería que ellos eran perseguidos, no por cazadores furtivos sino por elefantes machos, jóvenes, que habiendo sido hechos huérfanos — como resultado de operaciones de control de la población de paquidermos — en el Parque Nacional de Kruger en Sud África, crecieron indisciplinados.
¿Qué lo causó? La sobrepoblación. La expansión demográfica, si no era contenida, amenazaba a toda una especie.
Los adultos de la manada fueron sacrificados y los elefantes bebés fueron transportados a otras regiones del parque, donde crecieron sin el beneficio de los años de supervisión de sus padres que requiere todo elefante inmaduro.
Los elefantes huérfanos se desarrollaron tornándose en sociópatas juveniles, sin restricciones ni límites.
La salvación de los rinocerontes fue el trasplante de un número representativo de elefantes toros, adultos y maduros, quienes procederían a socializar y a entrenar a los jóvenes delincuentes en los comportamientos esperados de elefantes responsables.
En la línea continua de la socialización, nuestra especie está localizada entre los elefantes y los simios — hacia el fondo — y las hormigas y los himenópteros, en el otro extremo.
Nosotros nacimos dotados, en la mayoría de los casos, con la capacidad potencial del desarrollo de una conciencia reguladora, que actúa para impedir que violemos las reglas de la sociedad.
Esta conciencia, aplicada e implementada de modo colectivo, forma las bases para el desarrollo y evolución de la Ley Natural, de la que tanto, en mis lecciones hablamos.
Nosotros podemos aprender a sentir empatía por otros animales, no sólo por los miembros de nuestra especie como asimismo somos capaces de derivar satisfacción cuando nos conducimos con altruismo.
Otros animales hacen lo mismo.
La mayoría de nosotros desarrolla un sentido de responsabilidad hacia nuestras familias y comunidades, y un deseo de compartir la carga del esfuerzo colectivo, emulando a quienes admiramos. Sintiéndonos bien, acerca de nosotros mismos, mientras lo hacemos.
Pero hay diferencias cruciales.
Las proclividades sociales de los insectos están empotradas en sus genes que los orientan, de modo inexorable e ineluctable, a ser sociales, para sobrevivir.
Son sociables y, a menudo, se sacrifican por el bien colectivo, sin gozar de otra alternativa.
Nosotros, porque alternativas tenemos, debemos aprender el uso de la socialización y del aprendizaje ético y moral.
Esos atributos os aprendemos de nuestros mayores
En nuestro género, las inclinaciones que nos permiten desarrollar la moralidad final, no nacen en nuestros organismos totalmente desarrolladas, sino que, como sucede con nuestra capacidad de adquirir el lenguaje, éstas deben de ser despertadas, reguladas, y reforzadas por medio de nuestras interacciones con otros seres humanos durante nuestra progresión psicosexual.
Por esa razón, nuestro éxito, como psiquiatras, en rehabilitar personas que crecen sin socialización — como tanto hemos constatado en nuestras ponencias acerca de la psicopatía — es muy pobre.
Por lo antedicho es, que igualmente, resulta importante entender, que como sucede con el aprendizaje del lenguaje, que si no se estimula, se atrofia. En el caso particular de la socialización, la que si no se nutre de la manera debida, dará como resultado a una persona sin principios éticos y, quizás en una que será amenaza para todos.
La socialización de nuestros hijos en el paleolítico superior
Nuestros antepasados vivían en medio de grupos pequeños de familia extendida, en los cuales los abuelos, tíos, y primos cercanos, ya mayores, todos participaban igualmente, con los padres, en la educación del joven.
Este sistema funcionaba, y aún funciona bien en todas las sociedades primitivas que aún existen. Todos los adultos intervienen en la educación del niño y, a pesar de que algunos de estos grupos son bastante violentos hacia otros — entre ellos, el crimen es muy raro.
En nuestro mundo y, especialmente, en nuestros países con costumbres hispánicas, la socialización del niño se relega esencialmente a los padres, principalmente la madre, la que ella comparte con las niñeras, esperando poca contribución directa por parte del papá.
Hoy día, gracias al incremento de la frecuencia del divorcio, la responsabilidad recae, a menudo, a un solo padre.
Con el resultado triste de que una madre (o padre) que está abrumada con su carga, que es incompetente, o que carece de socialización propia, puede pasar a sus hijos la orientación dañina hacia la falta de consideración por los demás, o a la psicopatía.
Antes de proseguir con esta tesis, debemos recalcar que la figura del papá, en nuestra especie, es de tanta importancia crucial, como la que viéramos en el ejemplo citado de los elefantes.
En nuestro género, el castigo, especialmente, el castigo físico, o el castigo en forma de tortura psicológica, produce adultos que abusan sus hijos, torturan animales, maltratan sus cónyuges o que cometen actos de violencia cuando la oportunidad se presenta.
Las malas conductas de los niños no pueden ser sancionadas con castigos, sin aplicar los aspectos adicionales del aprendizaje y la razón.
Tener que administrar cualquier forma de penalidad o reproche, es admisión de fallo en las comunicaciones entre padres e hijos.
La clave está en recompensar los buenos actos y buscar alternativas a los inaceptables.
Para muchos, esto representa demasiado esfuerzo, prefiriendo relegarlo a las criadas.

Marcar normas simples y comprensivas a los niños desde que son pequeños, es la base para lograr toda buena conducta. El exceso de permisividad deriva en pequeños tiranos/egoístas no acostumbrados a recibir un ‘no’, mientras que el autoritarismo dictatorial puede lesionar su autoestima y hacerles creer que sus padres y madres los rechazan.
La relación entre padres e hijos es una arena movediza en la que unos luchan por mantener el poder y otros por conquistarlo, pero no se puede tomar el camino fácil de imponer un castigo, porque su efecto, aunque inmediato, es efímero.
A la larga, da mejor resultado recompensar las buenas conductas e intentar buscar alternativas a los actos que menos gustan. Todo el mundo reconoce que los actos que se repiten son los que acarrean mayor beneficio.
Lucha de poder entre padres e hijos
La mayor parte de los comportamientos sociales son aprendidos. Al nacer, el niño desconoce las normas y las pautas de conducta que se consideran adecuadas, por lo que busca sus propios modelos y aprende de ellos. Se considera que el comportamiento es reprochable cuando, por defecto o exceso, no se adapta a lo que se entiende que sean los socialmente aceptables. En este sentido, son muchos los padres que acuden a nosotros y hacen la misma pregunta: ¿Por qué mi hijo se comporta así? La respuesta está clara: porque probando los límites aprenden a reconocerlos.
Lo que por sí sólo no les enseña a respetarlos, por eso tenemos que iniciarles en cómo hacerlo.
Una vez que el niño ejecuta una acción, la repetirá o no, en función del efecto que produzca en su entorno, por lo que los padres deben encontrar el equilibrio entre permisividad y autoridad. No obstante, cada problema debe ser analizado de manera individual para descubrir su origen, cualquiera que este pueda ser.
Existen situaciones especiales de interés clínico
Muchos niños que no se comportan bien sufren de problemas relacionados al desarrollo. Se estima que cerca del 40% de los niños hiperactivos, de­mues­tran problemas de disciplina, porque carecen de la habilidad de modular sus impulsos y, cuando cometen un error, les gustaría resolverlo pero no pueden.
Por otro lado, se encuentran los niños con trastornos ambientales, cuyos problemas de comportamiento tienen origen a menudo en la sobre­protección de los padres, que re­suelven los problemas que el niño debe de resolver por sí mismo. Si a los niños, ya capaces, les alimentan la comida los padres, les permiten ir a la cama cuando quieren, y les celebran todo lo que hacen, no se les educa en la capacidad de frustración y los niños no toleran un ‘no’.
Éste no es el camino productivo ni conducente a la buena conducta.
No se puede ser tan autoritario que el niño sienta que sus padres no le quieren, ni tan permisivo que acabe haciendo siempre lo que le dé la gana.
Si no se establece ese equilibrio, se produce lo que se conoce como lucha por el control:
Los padres les repiten, les recuerdan lo que deben hacer sus hijos, pero con re­sultados negativos. Luego negocian, razonan y sermonean sin éxito. Cuanto más repiten, más se enojan, hasta acabar en gritos y amenazas, incluso en insultos y bofetadas. Cuando ya no pueden más, explotan diciendo cosas de las que luego se arrepentirán y aplicando castigos desproporcionados que nada consiguen mejorar. Estas rutinas pueden convertirse en patrones destructivos de comunicación, relación familiar y resolución de problemas, en hábitos familiares que se consideran como la manera normal de convivir en casa.
Los hijos desafían a sus padres cuando no sienten satisfechas sus necesidades y procuran el control. A veces nos ponen a prueba para mostrarnos que han cambiado y que las normas, por lo tanto, también han de cambiar. Nos de­safían continuamente, nos provocan y muchos de ellos nos manipulan hasta llevarnos a su terreno y, entonces, ‘ganan’ la batalla.
Muchos adultos, nunca se alejan de esos comportamientos, destruyendo relaciones maduras con su necesidad interminable de ejercer control y tantear límites.
Los niños ‘ganan’ cuando los mayores pierden el control de la situación y la disputa se convierte en una verdadera contienda por capturar o mantener el poder.
Para mostrar descontento con el comportamiento de sus hijos, algunos padres recurren a los escarmientos, que pueden ser físicos y severos. Sin embargo, recurrir a la bofetada es un error gravísimo que cometen los padres porque, si ellos saben educar, nunca van a tener que levantar la mano al hijo, y si lo hacen es porque algo ha ido muy mal.
Otros castigos pueden ser los gritos, las riñas o los insultos, a los que los padres recurren porque el efecto inmediato es que los niños dejan de hacer sus travesuras. Pero sucede que el efecto de esos castigos es momentáneo. Por lo general, los padres que reprehenden a sus hijos se quejan de que el niño no aprende por más que lo castigan y que deben reprenderlos una y otra vez.
El castigo es un factor que permite que una conducta disminuya de frecuencia mientras se aplica el castigo, pero que, de la misma manera, hace que la conducta indeseada aumente cuando el efecto cesa.
Los inconvenientes, por lo tanto, de esta situación son dos: por un lado, al tener un efecto momentáneo, el niño repetirá la conducta castigada nuevamente, mientras que los padres, al notar que la penalidad surte efecto en el momento en que la aplican, tienden a castigar cada vez más y con mayor presteza y dureza. Como consecuencia de todo esto, el niño no aprende a mejorar su comportamiento sino a perfeccionar sus conductas conflictivas para evitar la, indeseada respuesta, a los que poco a poco se hace insensible.
Además, sean o no físicos los castigos, inducen un aumento de la agresividad de los niños. Les damos un ejemplo de que cuando estamos enfadados con alguien, es buena medida ir al ataque contra él, lo cual provocará indudables derivaciones indeseables — pero añadir castigos morales como instilar sentimientos de culpabilidad pueden hacer tanto o más daño que un castigo físico, provocando una mayor agresividad residual en el niño.
Por su parte, los expertos en la puericultura insisten en que en ningún caso el sistema de castigos debe aplicarse, bien porque su efecto es temporal y la conducta vuelve a repetirse, o porque lo que el adulto considera desagradable para el niño, en realidad no lo es para él y, en vez de considerarlo un castigo, se convierte en un reforzador, aumentando el comportamiento mal adaptado en intensidad y frecuencia — aunque lo hagan de manera subrepticia.
Asimismo, hay que cuidar los comentarios que se transmiten al niño, puesto que cuando el niño escucha expresiones como ‘eres un atronado’ o ‘eres malo’, lesiona gravemente su autoestima.
Lo preferible es que los castigos sean sustituidos por técnicas de razonamiento, con las que el niño aprenderá las consecuencias de sus actos, de las que sólo él será protagonista. Si el pequeño no obedece las normas, debe aprender por sí mismo a resolver los problemas porque nadie se los va a resolver. Si un adolescente deja la ropa sucia en el suelo, los padres no pueden recogerla y llevarla a la lavadora, sino al cajón, pero sucia. Entonces el adolescente reconocerá las consecuencias de sus actos cuando quiera ponerse una ropa limpia y vea que no lo está. En la misma línea, al niño que no quiera comer no se lo podrá hacer otra comida hasta que no coma lo que está en el plato y, por supuesto, no se le ofrece darle de comer entre horas.
Lo que es más viciado, es cuando los padres usan las comidas y las golosinas como métodos de disciplina o de recompensa.
Las actitudes positivas han de ser esperadas y recompensadas
El caso de Cristina Emilia
Tenía once años, era extremadamente atlética y se destacaba en todos los deportes que practicara. De hecho era más proficiente que la mayoría de los varones con quienes se asociaba, por eso sería procurada para ser miembro de todos los equipos atléticos de su colegio.
Su principal problema era, que a pesar de ser hija única de ministros protestantes, poseía el más extensivo vocabulario de expresiones groseras que se puede concebir.
No sufría — por ser muy delgada — de la anorexia — ni del síndrome de Tourette — por lo de la boca sucia.
Tenía algunos asuntos de identidad que resolver, entrando la terapia con verdadero entusiasmo.
Las sesiones procedían bien, hasta un domingo fatídico cuando la llamada de emergencia llegó.
Era el papá. Me contó el siguiente episodio, recién ocurrido
En su casa se congregaba un grupo de clérigos representantes de varias religiones.
Cristina Emilia, retornaba de la cancha desaseada y con ropas sucias.
Sin pensarlo, la mamá le dice: ‘luces muy puerca, para estar en compañía…
Lo que siguió fue una explosión de furia, por parte de la joven muchacha, con el acompañamiento resonante de un torrente de pirotecnia verbal.
El padre y la madre, ambos la siguieron a su alcoba, donde se disculparon por las palabras desatinadas de la madre, añadiendo, lo siguiente:
‘¿Cómo podemos castigarte, si has sido tan buena, por tanto tiempo?’
A lo que la sorprendida joven respondió: ‘No, la que debe disculpas soy yo, por mi falta de cuidado, al presentarme sucia, y por lo que dije. Voy a pedir excusas a la visita’.
Mi respuesta fue breve, ‘reverendo, la terapia de ustedes, ya casi termina. Lo felicito’.
El objetivo de los padres es que sus hijos aprendan pautas de comportamiento para que, a la larga, vivan en harmonía social con los demás. Por este motivo, hay que buscar técnicas que logren efectos duraderos a largo plazo, no momentáneos.
Las políticas de recompensa son las técnicas que nos van a servir para este objetivo de conseguir efectos estables. Estas técnicas se basan en el hecho de que las personas tienden a realizar las cosas en las que encuentran una compensación y evitan las que les suponen un esfuerzo o una dificultad que no va a ser reconocida. En el caso de los niños, aprenderán y repetirán mejor los comportamientos con los que obtengan algún beneficio, aunque hay que tener cuidado con las recompensas y el modo en que se administran. Muchos padres asocian la idea de recompensa con la de un bien material. Sin embargo, las recompensas más eficaces son las inmateriales: el elogio, la atención, el afecto, la compañía, que, además, suelen ser las más económicas y eficaces.
La pregunta es ¿qué se debe recompensar exactamente? Primero, se debe examinar cuidadosamente qué se está recompensando o castigando. Para ello, se debe ver qué es lo que el niño considera que le recompensan. Puede ocurrir que los padres piensen que recompensan un acto y que el niño crea que el beneficio es por otro acto. Hay que dar atención, afecto y elogios ante las conductas que interesa que el niño produzca, desde el momento en que el niño intenta actuar correctamente.
También hay que tomar en cuenta otros aspectos:
  • Dan mejor resultado las recompensas que se aplican en el mismo momento en que se produce la acción que se quiere premiar, porque si se pospone se corre el riesgo de que el niño olvide por qué se le da reconocimiento.
  • No es necesario aplaudir cada vez que el niño hace algo bueno. Sino que hay que mantener viva la importante noción de que la autoestima, mucho depende del mérito merecido, como hicieran los padres de Cristina Emilia.
En resumen:
Hay que seguir el mismo método de los juegos de azar: no se gana cada vez que se apuesta. Cuando los padres no encuentran en sus hijos conductas que compensar, como en el caso de los niños muy conflictivos, lo más acertado es establecer conductas alternativas e informarle de lo poco apropiada que es la conducta que ha tenido hasta ese momento, o recompensarlo por buenos comportamientos previos. El objetivo es que, sin exaltarse ni gritar, los padres inculquen a sus hijos nuevas conductas. Una estrategia con la que, además de cambiar el comportamiento de los pequeños, se estrecharán lazos entre padres e hijos.
No crean, por un instante, que nuestros comportamientos son más espontáneos que predeterminados. No lo son.

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